jueves, 16 de octubre de 2008

Cuando la obesidad es cosa de genes

Científicos de EEUU descubren que una variación genética hace a las personas ingerir una mayor cantidad de alimentos.

Aunque hay muchos factores prevenibles que inciden en el desarrollo de la obesidad, como el sedentarismo o una alimentación poco equilibrada, la genética también tiene una importancia capital a la hora de provocar la aparición de este trastorno. Así lo pone de manifiesto una investigación publicada esta semana en la revista Science.


Basándose en técnicas de resonancia magnética, investigadores estadounidenses han descubierto que en las mujeres portadoras de la versión A1 del gen TaqI, relacionado con la regulación de los receptores de la dopamina en el cerebro, la activación del circuito de recompensa que se produce al comer es más débil, por lo que sienten menos placer al ingerir alimentos y acaban comiendo más para suplir esta carencia.

Para llegar a esta conclusión, los autores del trabajo, del Instituto de Investigación de Oregón y las universidades de Texas y Yale (EEUU), analizaron la activación del circuito de recompensa cerebral en dos grupos de mujeres jóvenes, uno de ellos formado por 43 estudiantes de 18 a 22 años y el otro por 33 adolescentes de 14 a 18 años. En ambos grupos estudiaron cómo respondía un área concreta del cerebro relacionada con la recompensa, el llamado striatum dorsal, a la visión de imágenes de batido de chocolate y de una solución insípida similar a la saliva, así como a la ingesta de muestras de ambos líquidos.

Tras un año se seguimiento, los autores comprobaron que las chicas con una activación más débil de la citada área cerebral, y sobre todo aquellas que eran portadoras del gen TaqI A1, tenían mayor facilidad de ganar peso.

Mayor riesgo de obesidad
En este sentido, los científicos recuerdan que otros estudios ya habían demostrado que la presencia de esta variación genética se traducía en una presencia un 30%-40% menor de receptores de dopamina, un neurotransmisor relacionado con la generación de placer derivado de la ingesta de comida.

De hecho, las personas obesas tienen una menor cantidad de estos receptores que aquellos sin problemas de peso. No obstante, es la primera vez que se establece una relación directa entre una menor activación del circuito de recompensa cerebral y un mayor riesgo de desarrollar obesidad en el futuro.

Para una de las autoras del estudio, Cara Bohon, de la Universidad de Oregón, las conclusiones de este trabajo demuestran que existen ciertos factores biológicos que inciden en el riesgo de sufrir obesidad, lo que es importante para averiguar cómo intervenir para prevenir la aparición de este trastorno en el futuro.

Por su parte, la profesora de la Universidad de Yale Dana Small destaca que es la primera vez que se utiliza la respuesta del cerebro a la comida como vía para predecir la obesidad. Asimismo, considera que estas diferencias individuales sobre cómo el mecanismo de recompensa cerebral se activa al comer pueden explicar que, en el caso de dietas ricas en calorías, haya personas que engorden y otras que no.

Una base para futuros tratamientos
El principal responsable del estudio, el profesor Eric Stice, de la Universidad de Oregón (EEUU), está convencido de que la relación entre una menor activación del mecanismo de recompensa cerebral y la obesidad servirá de base en el futuro para tratamientos contra esta dolencia.

No obstante, y al margen de la influencia del gen TaqI A1, Stice advierte de que esta anomalía podría ser producto también de la elevada ingesta de alimentos ricos en calorías.

“En consecuencia, hay que apostar por la prevención, haciendo que la gente siga una dieta sana, ya que de esta forma no sufrirá una pérdida de la recompensa obtenida por la comida que les pueda llevar a la obesidad”, explicó el investigador a Público.

A partir de ahora seguirá trabajando para ver si una dieta sana puede revertir el proceso y en qué medida otros genes inciden en fomentar la tendencia a la obesidad.